12 nov 2010

Twincest


Mi palma se acomodó sosteniendo el lateral izquierdo de su mandíbula, mejilla y pómulo. Con cada milímetro de nuestras pieles rozando, algo nuevo renacía en mí. Podríamos haber muerto en aquel mismo momento, tranquilos, juntos.
Mi nariz rozó su mentón, con mi rostro rozando el suyo, acercados en un momento que pasó completamente desapercibido.
Era como si cientos de pétalos rozaran mi piel como la seda lo haría, susurrándome al oído que todo estaba bien, que Bill seguía siendo mío y yo suyo, como siempre, como debía ser. Que continuábamos siendo uno, porque era para lo que habíamos nacido.
Tal vez la adrenalina mezclándose con la calma en mi interior, hizo llegar la información de la siguiente acción a mi cerebro de manera demasiado brutal. Tal vez la intensidad emocional del momento le dio bestialidad al cuadro, pero todo ocurrió muy rápido.

No hay comentarios:

Publicar un comentario