
Era bailarina de la lujuria, amante de la noche. Vendía su cuerpo por un par de peniques y me llevó hacerla mía sólo un cuarto de hora. Se vistió con verguenza mientras mis ojos le peinaban la piel. Se acomodó el cabello detrás de la oreja mientras yo le arrojaba mis billetes arrugados a sus pies. Los tomó como quién agradece un trozo de pan, y antes de perderse nuevamente en la oscuridad, me sonrió.
Temblé, sudé y me mordí la lengua.
Era increíble como minutos antes en la cama, me había demostrado ser una mujer de verdad, sin embargo, al sonreírme, la sentí una pobre niña sin más.
Temblé, sudé y me mordí la lengua.
Era increíble como minutos antes en la cama, me había demostrado ser una mujer de verdad, sin embargo, al sonreírme, la sentí una pobre niña sin más.
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