-Te amo-susurraste en un último suspiro. Cerré los ojos, sabiendo que mi mundo se desmoronaría junto a aquella última gota de sangre. Maldije a mi vida en silencio, por toda esperanza fallida, por cada pena inmerecida. Al ver tu cuerpo yacer tan frío, supe que nadie más que ellos fueron los arquitectos de nuestro mísero destino. Aquella manada de lobos hambrientos que nos usó como cebo; ese conjunto de Montescos y Capuletos que nos obligó a beber el veneno, a clavar el puñal.
La noche nos había camuflado, escapábamos para hacer de nuestro amor imposible una realidad más allá de las fronteras de nuestro pasado; lejos del horizonte, donde el Sol no quemara nuestra faz.
La mañana otoñal crecía bajo el más tierno sol y la brisa la acariciaba con un hábito que hacía sonreír al rocío.
Nuestras manos entrelazadas creaban un escudo invisible, una burbuja irrompible, una atmósfera irremplazable.
Te sonreí y me dijiste que me querías. No miramos atrás pero tampoco borramos nuestras huellas. Aún me pregunto si es o no es el sueño que olvide antes del alba…
Fuera de esto, el silencio, araña invisible, tendía su tela blanda y sedante por todo el ámbito tenebroso, sintiendo pena por nosotros, ocultándonos del odio, intentando curar aquellas heridas que pronto sanarían con sal.
De pronto, un disparo desgarró aquella tela impalpable, conmoviendo el lugar. Callaron las aves, se interrumpió todo el alentar de vida y hasta la brisa pareció detener en un suspenso de sorpresiva alarma. Luego estalló otro disparo, y otro, y otro, multiplicándose los ecos que despertaron sobresaltados… se dijera que alguien está empeñado en asesinar la pasión, nuestro amor.
Corríamos ajetreados, cuando me miraste y aún sonriente, me acariciaste, tu pulso latía en mi cabeza, mi respiración agitada ajetreaba tu corazón.
-¿Soportarás el dolor mientras yo esté a tu lado? ¿Me seguirás a través de la oscuridad?-asentí depositando mi vida en tus manos, jurándote amor eterno, prometiendo que daría y recibiría el último disparo por ti.
Mientras corríamos huyendo de la imposibilidad de la compañía ajena, mientras una terca neblina nos perseguía reduciendo nuestro entorno a una cosa sin forma ni color, mientras que a los demás les quedaba el universo y a nosotros la penumbra; nos miramos a los ojos reconociendo una veta de amor por el otro, fue cuando supimos que habíamos movido todas las piezas mas un jaque mate nos estaba sacando del tablero.
…Un suspiro…
…Una mirada…
…una lágrima…
…el vacío…
1…
2…
3…
Algo me derrumba y en cuestión de un parpadeo te encuentro inerte a mi lado, sorprendida y sin comprender cómo en la dulzura de aquella mañana esplendorosa puede frutecer tal mal.
El estruendo cesa, mis ojos recogen las chispas del rocío, reteniéndolas como lágrimas… el suelo que forja nuestro lecho enrojece mientras mi cabeza sobre tu pecho se mueve acompasado por todo tu cuerpo en tonos tornasolados.
Tú lo ves como un relámpago del sol… un sueño venido desde muy lejos que te va invadiendo, un sueño oscuro con innumerables puntitos luminosos, que se truecan en hirientes agujas a cada movimiento de tu cuerpo, impidiéndote dormir.
La razón de mi vida apenas se agita, yaciendo ensangrentada sobre la gramilla. En la solemnidad del crepúsculo, casi ciego ya, los cazadores vienen a por nosotros, mi indefensa liebre. Podrían sus perros descubrir tu cuerpo y disputárselo con violencia, desgarrándolo, mas ningún daño podrían causarte, pues eres una envoltura abandonada, la sombra que deja una luz al apagarse… porque has bebido el veneno, mi hermosa Julieta. Y ahora yo finalizo esta historia clavando en mí el puñal, como tu fiel Romeo.
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