
Cada momento de nuestra vida, conforma un epicentro. De ese epicentro parten ondas diferentes. Parten de ahí como patas de arañitas infinitas. Esos son los universos paralelos, que los vemos como líneas porque aún no llegaron a completar su circularidad propia. Hay círculos más grandes y círculos más chicos.
Para mí, se puede romper la circularidad siempre y cuando uno sea lo suficientemente fuerte para volver al epicentro que lo causó todo, y encausarse nuevamente en otro círculo.
El día que vos por primera vez me besaste, se creó un epicentro de lo más grande, y de ahí saltaron miles de círculos, como si fueran conejos de una caja. ¡Magia!
Fue a partir de ese entonces, que en uno de esos universos paralelos, vos nunca dejaste de besarme, y hoy a la mañana nos despertamos abrazados, vos no en mi cama y yo vaya a saber donde!...
En un universo tal vez más errático o más preciso, vos y yo nos despertamos juntos, nos besamos todos los días. Nunca nos cansamos de escucharnos.
Es por eso, que se puede explicar el porqué nos fundimos en un beso perfecto a pesar del paso del tiempo que a veces parece traicionarnos con dolores.
Con esta misma teoría, se puede explicar porque uno no puede olvidar un olor, ni un sabor, muchísimo menos una caricia, y es que en algún momento en particular vos me condenaste a vivir estos momentos eternamente, una descarga eléctrica que generó tanto eterno retorno.
-Danya Olearo-
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