Las últimas claridades, al hacer más densas algunas sombras, acentuaban el contraste. Húmeda, la fragancia contaminada de la ciudad, ponía lo suyo. Y las hojas se movían, se movían. Las de los sauces, aquella gélida noche, no eran la excepción, y cuando el aire daba de pronto en ellas y las inquietaba, cubriéndolas de aquel fino polvo pálido que amenazaba con teñir la oscuridad del lúgubre firmamento de pureza, se producía un juego de colores y de luces de una sugestión muy honda, casi indecible. El gélido aire se atestaba de la música producida por las cuerdas vocales de los transeúntes que se unían en las puertas de las iglesias a entonar aquellas gastadas estrofas de villancicos inmortales.
Hombres y mujeres corrían de un lado a otro, asegurándose de que no llegarían a comprar aquel preciado obsequio costoso, o que la tinta no les alcanzaría para rellenar cual lujosa tarjeta, las calles se rebozaban de androides, con apariencia humana pero llenos de puro espíritu consumista. Robots ciegos ante las necesidades de los demás, programados sólo para comprar y consumir.
Mas en una esquina de las puertas de aquella inmensa catedral cubierta de carmesí y oliva, dos niños abrazados sólo pensaban en darse calor mutuo. Con sus pequeñas manitas en torno a las ajenas, sólo intentaban trasmitirse aquel enorme deseo de que el otro continuara con vida en aquella cruel noche, que lejos de todo espíritu navideño, tan mal los trataba.
El mayor corrió aquellos sucios mechones rubios de su rostro para acercar su boca a los deditos del menor, soltando sobre aquella pálida piel que relucía más aún que la nieve misma, lo único cálido que quedaba en su anatomía; su aliento.
En el seno de la ciudad más rica de España, aquellos indefensos gemelos morían de hambre.
Todos tan estúpidos, todos tan ingenuos, recorriendo las calles alemanas convencidos de que llevan el espíritu navideño en cada paquete de color, en cada pomposo árbol estúpido. Quién se ha detenido a siquiera mirarlos? Cuál de todos se ha fijado en las pocas necesidades de aquellos pequeños y hermosos seres? Qué peatón se ha quitado de la cabeza la idea de enriquecidos banquetes para, por un minuto, rogar a Dios el don de la compasión? Nadie.
El menor, con un pequeño pan que el mayor le había cedido, lloraba en el regazo de su reflejo. Allí no había bondad, allí no había esperanza, allí no había creencia, allí, aunque la gente aún no lo notara, la Navidad no había llegado.
-Matty, estás demasiado frío. Ponte mi abrigo.-el mayor luchó por colocar aquella colcha vieja y rota que apenas les cubría, sobre el cuerpito del pelinegro. Quien sollozó más fuerte, afónico por el polvo ventoso que ingresaba en su laringe.
-Mamá no va a volver, Tommy?-sus pequeñas manos se aferraron a la fina camiseta de su hermano, aquella que tantas lágrimas suyas llevaba encima, aquella que con tantos pesos cargaba.
-Mamá estaba muy enferma, pequeño. Y justamente para Navidad ha decido reunirse con Jesús. Él la cuidará mejor que nosotros, Matty.-una lágrima rodó por su quebrantada y sucia mejilla. La secó rápidamente. Sí él no se consolaba a sí mismo entonces quien consolaría al pequeño Mat?
Horas después, en la plaza frente a aquella catedral rodeada de hermosos sauces cubiertos, por su colcha blanca de aquel polvo mágico, una multitud de personas se encontró reunida allí. Los niños tiraban de los brazos de sus padres, ansiosos por mostrarles a los demás pequeños sus nuevos y costosos juguetes. Los adultos se reunían a entonar nuevamente aquellas palabras recitadas que sólo cantaban como una vieja costumbre, automáticamente, sin siquiera recordar su significado. Los fuegos artificiales decoraban el firmamento, entremezclándose con la nieve en un mágico juego de colores. Todo el mundo festejaba, festejaba por aquellos enormes platos llenos de comida, por aquellos obsequios que muy pronto pasarían al olvido, reemplazados por otros aún más nuevos y costosos. Sólo un transeúnte se detuvo, se detuvo confundido. Tomó una foto de aquello, queriendo saber si aquel montoncito de carne débil y ropas andrajosas era acaso parte del pesebre navideño, o una llama de calor que el Señor había mandado para calentar aquellos fríos corazones.
Dos hermanitos yacían bajo la nieve, abrazados, con sus lágrimas echas escarchas, con sus panes duros a medio comer. Pero con una sonrisa en sus pequeños rostros, con sus manitas entrelazadas y sus rostros pegados. Sus pestañas se tocaban y sus pálidas mejillas, ya sin color alguno, brillaban bajo la luz de los fuegos de artificios, deseosas por ser acariciadas por esas manos que fueron las únicas al momento de rozarlas con cariño, deseosas por ser vistas por esos ojos que fueron los únicos que guardaron un atisbo de dulzura para ellos. Sus cuerpos ya no temblaban, sino que se regocijaban en el deleite de saber que pronto se reunirían con su progenitora.
Una lágrima cayó desde la mirada maternal de una mujer perteneciente al público de tal nostálgica escena, un sollozo se escapó de entre los labios de una anciana y un niño preguntó a su madre porqué aquellas criaturas tan inofensivas como él dormían bajo aquel frío atormentador. Nadie supo que responder, nadie se animó a sentirse culpable, todos escondieron el puño luego de lanzar aquella horrible piedra que tal desgracia había traído a dos querubines.
No estaba en los presentes, no estaba en las luces de colores, no estaba en las borlas ni en las ramas de los árboles tan preciosamente adornados. No estaba en las ropas con renos de colores, ni en los villancicos, no estaba en los estallidos de colores en el cielo, no estaba siquiera en el temático clima. El verdadero espíritu navideño no se encontraba sino sólo entre medio de ese abrazo, de esos dientes que resplandecían en una sonrisa, de esas lágrimas que formaban una sola en la junta de sus mejillas. Nadie había sentido la verdadera paz, la verdadera armonía, esa mágica unión que aquella fiesta verde y roja traía sino aquellos dos angelitos, que se elevaban aún más alto que el lugar de donde provenía la nieve, juntos, felices, muriendo el uno por y con el otro.
No importaba en absoluto el lugar donde esos dos cuerpitos habían acabado, porque sus almas estaban juntas y en paz, regocijadas en el calor del verdadero Paraíso al que aquellas dos esencias puras pertenecían, como siempre debió haber sido.
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