23 jul 2010



Cuando era más chica, soñaba con lo que iba a ser de grande. Y como me dejaron soñar, soñé en grande.
Como soñé mucho con la vida que quería, sé muy bien que quiero y que no quiero, lo que no encaja en lo que soñé para mí.
Al imaginar mi vida, me transformé en un personaje de mi propia novela. Perseguí siempre esa vida que me había imaginado… pero como hacer para seguir viviendo si sé que esa vida que imaginé nunca se va a concretar?
Lo que me sostuvo, siempre fueron los sueños. ¿Pero y qué ahora que entendí que eso no es posible? ¿Me tengo que conformar con la vida que me tocó?
Hago lo posible para ajustar nuestra vida a lo que soñé y la vida se me resiste… se me revela…
El problema de mis sueños es que se me convirtieron en caprichos.
Cualquier detalle distinto a lo que imaginé, arruina mi felicidad. La felicidad, desde mi punto de vista soñador, duele mucho.
Pero lo que me duele es lo idea, no la realidad… ahora me dejo sorprender, que la vida elija por mí. Lo ideal puede hacerme perder de vida lo real…
El ideal es tan brillante que puede terminar tapando lo bello de mi realidad. Los sueños me ayudan a crecer. El ideal es un gran mole de oro que nos paraliza. La realidad es frágil, imperfecta, pero VERDADERA.
Al final de la vida, podré contar lo que viví, no lo que imaginé…. Entonces, mejor que imaginarme la vida… es vivirla

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