17 mar 2011

Escribir es una de las actividades más solitarias del mundo. Una vez cada dos años, me pongo frente al ordenador, miro hacia el mar desconocido de mi alma y veo que hay islas en él, ideas que se han desarrollado y están listas para ser exploradas.
Entonces cojo mi barco -llamado Palabra- y decido navegar hacia la que está más próxima.
En el camino me enfrento a corrientes, vientos, tempestades, pero sigo remando, exhausto, ahora ya consciente de que me he apartado de mi ruta, la isla a la que pretendía llegar ya no está en mi horizonte.
Aún así, ya no puedo volver atrás, tengo que seguir como sea o me perderé en medio del océano...

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